Juzgar como adultos

Cuando pienso en los límites de la empatía, recuerdo un crimen de 2011. Aunque en Puerto Rico el crimen casi siempre se discute amontonado en cifras y estadísticas, de vez en cuando algún caso particular captura la atención del público. El asesinato de un muchacho durante un asalto en Condado fue uno. Es probable que muchas personas recuerden los detalles generales aún: el muchacho atacó al asaltante, hubo lo que una noticia llamó un “forcejeo”, y lo apuñalaron.

El crimen enfureció e indignó a la gente. Me avergüenza admitir, sin embargo, que cuando escuché la noticia en aquel entonces, me pregunté por qué el muchacho se había enfrentado con el asaltante. No quería culpar a la víctima (o eso me decía), pero ¿para qué arriesgar la vida así? Me preguntaba si se había envalentonado porque el asaltante tenía un cuchillo y no una pistola. Entonces, además de culpar a la víctima la estaba juzgando de ingenua, de confundir la vida real con las películas. Leerlo en 80 grados